Retomo la actividad blog-era. Amenacé de ello al cerrar mi blog anterior, a la vez que cerraba una etapa de mi vida, mi año Erasmus. Y es extraño, pero comienza esta nueva andadura hablando sobre el fin de una era, quizá “era” no es la palabra más apropiada para englobar todo lo ocurrido durante un año, pero si me pongo a pensar en todas las cosas que he vivido, entonces puede que “era” no llegue a abarcar todos y cada uno de los momentos de los últimos doce meses.
Hoy hace 365 que empezó el año más intenso, más largo, más movido de toda mi vida. Comenzó con sensaciones extrañas. Días antes de fiestas de Novallas me di un paseo por Bilbao sintiendo que me despedía de la ciudad, que no era un “hasta luego” lo que le estaba brindando, sino un “adiós”. Me equivoqué, hoy sigo aquí y parece que seguiré al menos durante un tiempo, pero mi vida ha cambiado, yo he cambiado, muchas cosas han pasado,... Llegué a pensar que el fin de mi Erasmus iba a ser esa línea divisoria que marcara el fin de mi pequeña “era”, pero no, ha sido justo un año lo que ha durado, el lunes comienzo a trabajar y es hora de hacer balance de todo lo ocurrido.
Un año en el que he conocido a muchas y grandes personas. Y lo que es mejor aún, he visto cómo personas que me rodeaban desde hacía mucho tiempo estaban igualmente a su altura. Dicen que uno recibe lo que da. Creo que no es verdad, no creo que haya dado ni una décima parte de todo lo que se me ha regalado este año, todo lo que me han enseñado, apoyado, abrazado, emocionado,... lo mucho que me han abierto los ojos, las veces que estos mismos ojos me regalaron lágrimas sinceras, las ganas que tengo de volver a llorar,... lo que me alegré, me emocioné, me hundí,... viví.
Tras la despedida bilbaína llegaron los puchetes que tanto me hicieron vibrar y que tanto me han dado que pensar a lo largo del año, pero claro está, ya hace más de dos meses que salieron de mi vida, se quedarán en el recuerdo de esta mini-era. Y llegó Polonia, gente increíble, país increíble. Sería excesivo repetir aquí todo lo vivido durante los más de 7 meses que duró mi estancia, pero es que fue tanto, tanto, tanto,... Llegó el doloroso punto y seguido que supuso mi vuelta a casa aunque como buen punto y seguido que se precie, la aventura continuó durante el verano... y a día de hoy es cuando toca calzarse las botas de nuevo.
Viajar, viajar, viajar,... desde que volví hace ya 2 años del Camino de Santiago no sentía esa sensación de libertad que he tenido durante estos últimos 12 meses. Parece mentira que haya sido capaz de visitar tantos sitios en tan poco tiempo. Enumerarlos es de locos: Łódż, Varsovia, Gdańsk, Sopot, Malbork, Białystok, Białowieża, Wrocław, Katowice, Wielizca, Cracovia, Auschwitz, Toruń, Zakopane, Praga, Viena, Bratislava, Budapest, Vilna, Trakai, Riga, Sigulda, Jurmala, Tallínn, Pirita, Helsinki, Suomenlinna, Berlín, Bilbao, Llodio, San Sebastián, Vitoria, Zaragoza, Pamplona, Logroño, Novallas, Roma, Santander, Calpe, San Juan de Gaztelugatxe, Alicante, Valladolid, Mirandela, Porto, Coimbra, Figueira da Foz, Lisboa, Sintra, Albufeira, Sevilla, Cádiz,... y tantos montes, hostales, cámpings, aquel viaje a los Pirineos, nocturnos viajes en tren, tantísimos aeropuertos, noches en vela vigilando mochilas,...
Y ahora, un año después, tras pasar fiestas de Bilbao (y la gran visión que tuve) y de Llodio, toca ponerle el broche al año con el buen sabor de boca que me dejó el concierto de Pepín el viernes pasado. El año que quise convertirme en turronero y hacer tartas de manzana. El fin de una era, y es que no siempre basta con coger el hatillo, no basta. Cuando fuimos los mejores.