martes, 2 de octubre de 2007

Quique González le ha robado las zapatillas a la Nuri...

...y encima tiene la desfachatez de pasearse con ellas por Barakaldo, donde el viernes, volvió la (tercera) República, puño en alto.



Sigo sin saber cuándo volaré hacia Alemania para poder al fin pasearme por Londres y a la vez, quiero terminar criando cerdos en Extremadura.

El Metro fue hoy más decímetro que nunca. ¿Será porque hoy no me crucé con ella? ¿O será porque la burbuja está a punto de explotar? Lo presiento, lo veo en sus caras, y en la mía.

Y sigo redescubriendo ídolos, a pesar de que el cementerio de los caídos esté repleto, todos tan perdidos, tan desorientados,... Aunque ya apenas puedo pasearme por él, sólo leo, leo, leo,...

El viernes acabé, borracho y perdido, salí del armario montado en un Mercedes. Y es que traté de conservar esas parejas que nunca pude ni siquiera oler y no me preocupé de tratar con cariño a las que tuve.

Y sin darnos cuenta, el trabajo nos colma de dinero. No ya para mejorar nuestro nivel de vida sino para tapar el hecho de la falta del mismo, para hacernos olvidar que los aceleradores de partículas son inventos de hoy en día.

¿Cómo pedir perdón por algo que no has hecho? ¿Cómo arreglar algo que no has roto a pesar de que todo el mundo te apunte con el dedo?

martes, 11 de septiembre de 2007

Meta

7:37 de la mañana, montado en un tren, directo al trabajo. Pero no es en Bilbao donde está mi cabeza. De repente, una vibración en el móvil me transporta a otro tren, mucho más frío, más silencioso.

Un tren cualquiera que atraviesa una de las miles de llanuras polacas, despacito, con ese traqueteo que te hechiza y lo quieras o no, te duerme. Y no sabes si sueñas, oyes pasos en el pasillo, revisores linterna en mano (y te pensabas que no quedaban revisores así) pidiéndote a gritos un billete (esperas que sólo te esté pidiendo eso). Puede caer la noche o estar amaneciendo,... da igual, sigues peleándote con ese mando de la calefacción que casi nunca funciona, y hace frío. Y el soldado polaco que tienes delante te mira extrañado, será quizá porque no he apartado mi mano (ni mi mirada) de mi bolsa en todo el viaje? Y veo vacas, tractores, copos de nieve, gotas rebeldes de lluvia (ya que todo el mundo lo sabe, en el Este no llueve, sólo nieva),... y va cayendo la niebla, otra tarde más, otra más,... Y te acomodas contra una pared metálica o un hombro más frío aún, usas un abrigo polaco a modo de almohada, te tapas con una bufanda, escuchas música, lees, hablas, te ríes,... y siguen pasando tractores por la ventana. Te levantas, coges tus cosas,... y bajas, sin saber muy bien cuál es tu destino esta vez,... si Toruń o Bilbao. O Astrabudua.

Y sigues andando, echas de menos esos trenes,... pero si realmente existe esa línea sobre la que tanto tiempo perdiste hablando, ya la estás cruzando al meter tu pase mensual en la máquina canceladora. Y la sobrepasas cuando miras tus dedos, están negros, apestan. Es 11 de setiembre (sin "p"), Calamaro saca disco y a ti se te olvida comprarlo, estás cruzando la raya. Avanzas, necesitas café, música, bolígrafos de colores, un cojín, ese desfile de gaviotas que te recibe en la puerta a diario y que un día, te vuelves a jurar, fotografiarás,... y una percha. Y te sientas de nuevo. Los pantalones blancos le sientan genial y ella no se da cuenta, quizá deba comprarle otro par. Y te pierdes entre graffitis, tan evocadores, que te golpean, te atrapan, y te elevan (para inevitablemente dejarte caer más adelante). Y te sientas, al fin (tampoco le queda tan mal el rosa, pero lo usa menos), y no crees que Islandia sea un buen destino, le faltas tú (y también le sobras), porque puede tener volcanes, pero no tiene niebla, ni napolitanas, ni metas,... tampoco tiene pijamas a cuadros.

domingo, 2 de septiembre de 2007

Francisco!!!

“¡Francisco! ¡No te vayas, que me voy a casar! ¡Que tengo novio!”. Esas han sido las últimas palabras que me ha dedicado Ignacia esta tarde antes de que la puerta del ascensor se cerrara. Ronda los setenta y muchos, apenas le quedan dientes, yo no me llamo Francisco, no tiene ni novio ni marido y padece de Alzheimer. Vive en la misma residencia que mi abuela y cada vez que me ve me recibe (por mucho que las enfermeras se empeñen en recordarme que debo tener cuidado con su mal genio) entre abrazos, besos, risas,... Mi abuela no tiene un diagnóstico claro, padece una mezcla entre Alzheimer y demencia senil que en ocasiones le impide siquiera recordarme. Pero hay veces, como esta tarde, que es capaz de coger una foto de hace 50 años y decirme los nombres, apellidos y apodos de todas las mujeres (amigas suyas) que posan en ella. Se pasa la tarde pidiéndome que le presente a mi novia (“y así le echo el vitolaje”) y cantando jotas aragonesas, bilbainadas,... Me voy de la residencia diciéndole que volveré dentro de un rato, cuando sirvan la cena, y se sienta en su rincón de siempre, a esperar. Es probable que a los 10 minutos no recuerde ni siquiera haberme visto esa tarde. Aún así, sigue haciéndose duro el momento en que las puertas del ascensor se cierran y veo cómo se queda entonando alguna canción con una de las señoras con las que comparte la planta. Pero soy yo el que se marcha mal de la residencia, ella, dentro de su demencia, está feliz.

Es impresionante la fragilidad de la mente humana y del cuerpo en general. Esta semana, media España se ha visto afectada por la muerte de un futbolista, Antonio Puerta, de 22 años. Su corazón, que siendo deportista de élite se le presumía de hierro, le falló durante la disputa del partido que jugaba contra el Getafe el pasado sábado y anteayer murió, de golpe, sin avisar, sin necesidad de tener la edad de mi abuela, con la que se toman como implícitas este tipo de dolencias. Madridista, del Alavés y un poco del Liverpool, pero a partir de este año, mi corazón tendrá siempre un hueco rojo, sevillista. Todo lo contrario a simpatía era lo que sentía por este equipo hace cosa de 5-6 años, cuando cada vez que el Alavés visitaba Nervión, se le recibía como a una bestia. Pero los méritos del equipo, la final que con tanta dignidad y espíritu le he visto jugar hoy, lo erizado que se me pone el vello del brazo cuando escucho su himno (“y es por eso que hoy vengo a verte, sevillista seré hasta la muerte!”), las horas de sevillismo que me regaló Alaminos durante el año polaco (incluido aquel gol de Palop mientras cenábamos en mi casa) y el caso Puerta de esta misma semana,... demasiados detalles como para no sentir simpatía hacia este club. Rara mezcla de temas, lo sé, pero desde aquí, mi pequeño homenaje a Antonio Puerta (y a todos los demás “Antonio Puerta”s desconocidos y de los que nadie habla ni hablará jamás),... y a Aurora, mi abuela, porque,... “¿Qué será? La mujer del quesero”.

viernes, 31 de agosto de 2007

El fin de una era

Retomo la actividad blog-era. Amenacé de ello al cerrar mi blog anterior, a la vez que cerraba una etapa de mi vida, mi año Erasmus. Y es extraño, pero comienza esta nueva andadura hablando sobre el fin de una era, quizá “era” no es la palabra más apropiada para englobar todo lo ocurrido durante un año, pero si me pongo a pensar en todas las cosas que he vivido, entonces puede que “era” no llegue a abarcar todos y cada uno de los momentos de los últimos doce meses.

Hoy hace 365 que empezó el año más intenso, más largo, más movido de toda mi vida. Comenzó con sensaciones extrañas. Días antes de fiestas de Novallas me di un paseo por Bilbao sintiendo que me despedía de la ciudad, que no era un “hasta luego” lo que le estaba brindando, sino un “adiós”. Me equivoqué, hoy sigo aquí y parece que seguiré al menos durante un tiempo, pero mi vida ha cambiado, yo he cambiado, muchas cosas han pasado,... Llegué a pensar que el fin de mi Erasmus iba a ser esa línea divisoria que marcara el fin de mi pequeña “era”, pero no, ha sido justo un año lo que ha durado, el lunes comienzo a trabajar y es hora de hacer balance de todo lo ocurrido.


Un año en el que he conocido a muchas y grandes personas. Y lo que es mejor aún, he visto cómo personas que me rodeaban desde hacía mucho tiempo estaban igualmente a su altura. Dicen que uno recibe lo que da. Creo que no es verdad, no creo que haya dado ni una décima parte de todo lo que se me ha regalado este año, todo lo que me han enseñado, apoyado, abrazado, emocionado,... lo mucho que me han abierto los ojos, las veces que estos mismos ojos me regalaron lágrimas sinceras, las ganas que tengo de volver a llorar,... lo que me alegré, me emocioné, me hundí,... viví.

Tras la despedida bilbaína llegaron los puchetes que tanto me hicieron vibrar y que tanto me han dado que pensar a lo largo del año, pero claro está, ya hace más de dos meses que salieron de mi vida, se quedarán en el recuerdo de esta mini-era. Y llegó Polonia, gente increíble, país increíble. Sería excesivo repetir aquí todo lo vivido durante los más de 7 meses que duró mi estancia, pero es que fue tanto, tanto, tanto,... Llegó el doloroso punto y seguido que supuso mi vuelta a casa aunque como buen punto y seguido que se precie, la aventura continuó durante el verano... y a día de hoy es cuando toca calzarse las botas de nuevo.

Viajar, viajar, viajar,... desde que volví hace ya 2 años del Camino de Santiago no sentía esa sensación de libertad que he tenido durante estos últimos 12 meses. Parece mentira que haya sido capaz de visitar tantos sitios en tan poco tiempo. Enumerarlos es de locos: Łódż, Varsovia, Gdańsk, Sopot, Malbork, Białystok, Białowieża, Wrocław, Katowice, Wielizca, Cracovia, Auschwitz, Toruń, Zakopane, Praga, Viena, Bratislava, Budapest, Vilna, Trakai, Riga, Sigulda, Jurmala, Tallínn, Pirita, Helsinki, Suomenlinna, Berlín, Bilbao, Llodio, San Sebastián, Vitoria, Zaragoza, Pamplona, Logroño, Novallas, Roma, Santander, Calpe, San Juan de Gaztelugatxe, Alicante, Valladolid, Mirandela, Porto, Coimbra, Figueira da Foz, Lisboa, Sintra, Albufeira, Sevilla, Cádiz,... y tantos montes, hostales, cámpings, aquel viaje a los Pirineos, nocturnos viajes en tren, tantísimos aeropuertos, noches en vela vigilando mochilas,...

Y ahora, un año después, tras pasar fiestas de Bilbao (y la gran visión que tuve) y de Llodio, toca ponerle el broche al año con el buen sabor de boca que me dejó el concierto de Pepín el viernes pasado. El año que quise convertirme en turronero y hacer tartas de manzana. El fin de una era, y es que no siempre basta con coger el hatillo, no basta. Cuando fuimos los mejores.