martes, 11 de septiembre de 2007

Meta

7:37 de la mañana, montado en un tren, directo al trabajo. Pero no es en Bilbao donde está mi cabeza. De repente, una vibración en el móvil me transporta a otro tren, mucho más frío, más silencioso.

Un tren cualquiera que atraviesa una de las miles de llanuras polacas, despacito, con ese traqueteo que te hechiza y lo quieras o no, te duerme. Y no sabes si sueñas, oyes pasos en el pasillo, revisores linterna en mano (y te pensabas que no quedaban revisores así) pidiéndote a gritos un billete (esperas que sólo te esté pidiendo eso). Puede caer la noche o estar amaneciendo,... da igual, sigues peleándote con ese mando de la calefacción que casi nunca funciona, y hace frío. Y el soldado polaco que tienes delante te mira extrañado, será quizá porque no he apartado mi mano (ni mi mirada) de mi bolsa en todo el viaje? Y veo vacas, tractores, copos de nieve, gotas rebeldes de lluvia (ya que todo el mundo lo sabe, en el Este no llueve, sólo nieva),... y va cayendo la niebla, otra tarde más, otra más,... Y te acomodas contra una pared metálica o un hombro más frío aún, usas un abrigo polaco a modo de almohada, te tapas con una bufanda, escuchas música, lees, hablas, te ríes,... y siguen pasando tractores por la ventana. Te levantas, coges tus cosas,... y bajas, sin saber muy bien cuál es tu destino esta vez,... si Toruń o Bilbao. O Astrabudua.

Y sigues andando, echas de menos esos trenes,... pero si realmente existe esa línea sobre la que tanto tiempo perdiste hablando, ya la estás cruzando al meter tu pase mensual en la máquina canceladora. Y la sobrepasas cuando miras tus dedos, están negros, apestan. Es 11 de setiembre (sin "p"), Calamaro saca disco y a ti se te olvida comprarlo, estás cruzando la raya. Avanzas, necesitas café, música, bolígrafos de colores, un cojín, ese desfile de gaviotas que te recibe en la puerta a diario y que un día, te vuelves a jurar, fotografiarás,... y una percha. Y te sientas de nuevo. Los pantalones blancos le sientan genial y ella no se da cuenta, quizá deba comprarle otro par. Y te pierdes entre graffitis, tan evocadores, que te golpean, te atrapan, y te elevan (para inevitablemente dejarte caer más adelante). Y te sientas, al fin (tampoco le queda tan mal el rosa, pero lo usa menos), y no crees que Islandia sea un buen destino, le faltas tú (y también le sobras), porque puede tener volcanes, pero no tiene niebla, ni napolitanas, ni metas,... tampoco tiene pijamas a cuadros.

domingo, 2 de septiembre de 2007

Francisco!!!

“¡Francisco! ¡No te vayas, que me voy a casar! ¡Que tengo novio!”. Esas han sido las últimas palabras que me ha dedicado Ignacia esta tarde antes de que la puerta del ascensor se cerrara. Ronda los setenta y muchos, apenas le quedan dientes, yo no me llamo Francisco, no tiene ni novio ni marido y padece de Alzheimer. Vive en la misma residencia que mi abuela y cada vez que me ve me recibe (por mucho que las enfermeras se empeñen en recordarme que debo tener cuidado con su mal genio) entre abrazos, besos, risas,... Mi abuela no tiene un diagnóstico claro, padece una mezcla entre Alzheimer y demencia senil que en ocasiones le impide siquiera recordarme. Pero hay veces, como esta tarde, que es capaz de coger una foto de hace 50 años y decirme los nombres, apellidos y apodos de todas las mujeres (amigas suyas) que posan en ella. Se pasa la tarde pidiéndome que le presente a mi novia (“y así le echo el vitolaje”) y cantando jotas aragonesas, bilbainadas,... Me voy de la residencia diciéndole que volveré dentro de un rato, cuando sirvan la cena, y se sienta en su rincón de siempre, a esperar. Es probable que a los 10 minutos no recuerde ni siquiera haberme visto esa tarde. Aún así, sigue haciéndose duro el momento en que las puertas del ascensor se cierran y veo cómo se queda entonando alguna canción con una de las señoras con las que comparte la planta. Pero soy yo el que se marcha mal de la residencia, ella, dentro de su demencia, está feliz.

Es impresionante la fragilidad de la mente humana y del cuerpo en general. Esta semana, media España se ha visto afectada por la muerte de un futbolista, Antonio Puerta, de 22 años. Su corazón, que siendo deportista de élite se le presumía de hierro, le falló durante la disputa del partido que jugaba contra el Getafe el pasado sábado y anteayer murió, de golpe, sin avisar, sin necesidad de tener la edad de mi abuela, con la que se toman como implícitas este tipo de dolencias. Madridista, del Alavés y un poco del Liverpool, pero a partir de este año, mi corazón tendrá siempre un hueco rojo, sevillista. Todo lo contrario a simpatía era lo que sentía por este equipo hace cosa de 5-6 años, cuando cada vez que el Alavés visitaba Nervión, se le recibía como a una bestia. Pero los méritos del equipo, la final que con tanta dignidad y espíritu le he visto jugar hoy, lo erizado que se me pone el vello del brazo cuando escucho su himno (“y es por eso que hoy vengo a verte, sevillista seré hasta la muerte!”), las horas de sevillismo que me regaló Alaminos durante el año polaco (incluido aquel gol de Palop mientras cenábamos en mi casa) y el caso Puerta de esta misma semana,... demasiados detalles como para no sentir simpatía hacia este club. Rara mezcla de temas, lo sé, pero desde aquí, mi pequeño homenaje a Antonio Puerta (y a todos los demás “Antonio Puerta”s desconocidos y de los que nadie habla ni hablará jamás),... y a Aurora, mi abuela, porque,... “¿Qué será? La mujer del quesero”.